Abraham Marmolejos

Cada diciembre, la Navidad ocupa un lugar central en la vida de los dominicanos. Las luces, la música, los encuentros familiares y las celebraciones forman parte de una tradición profundamente arraigada en nuestra cultura. Sin embargo, en medio de ese ambiente festivo, resulta legítimo preguntarnos si el verdadero significado de la Navidad sigue siendo el eje de la celebración o si, con el paso del tiempo, ha quedado desplazado por prácticas que poco tienen que ver con su esencia.

La Navidad conmemora el nacimiento de Jesús, cuyo mensaje se fundamenta en el amor, la humildad, la reconciliación y el respeto por la vida. No es una fecha marcada por el exceso ni por la imprudencia, sino por la esperanza y el compromiso con el prójimo. Sin embargo, la forma en que muchas veces se vive esta época parece alejarse de esos valores.

En la República Dominicana, junto a la alegría y la convivencia, cada Navidad deja también un saldo doloroso: niños y adultos intoxicados por el consumo excesivo de alcohol, accidentes de tránsito provocados por la conducción temeraria bajo sus efectos, y riñas durante fiestas en barrios y comunidades que en no pocas ocasiones terminan en desgracia para familias enteras. Lo que debería ser la celebración de la vida y del nacimiento de Jesús termina convirtiéndose, en muchos casos, en días de muerte y tragedia, consecuencia de que el ser humano decide hacer su propia voluntad y no la voluntad de Dios, alejándose del mensaje de amor, prudencia y respeto por la vida que da sentido a la Navidad.

Esta realidad nos obliga a detenernos y reflexionar. No desde el juicio, sino desde la conciencia colectiva. Resulta contradictorio exaltar la fe cristiana mientras se normalizan conductas que atentan contra la vida propia y la de los demás. El mensaje que inspira la Navidad no es compatible con la violencia, la irresponsabilidad ni el exceso que conduce al sufrimiento.

Recuperar el verdadero sentido de la Navidad implica algo más profundo que cambiar las formas externas de celebración. Significa colocar nuevamente a Jesús en el centro, no como un símbolo cultural o decorativo, sino como una referencia de vida. Significa celebrar con responsabilidad, cuidar la vida, proteger a nuestras familias y entender que cada decisión que tomamos tiene consecuencias. En una sociedad mayoritariamente cristiana, esta reflexión se vuelve necesaria. La Navidad no debería ser recordada por cifras de accidentes ni por historias de dolor, sino por gestos de amor, solidaridad y respeto. Volver a su esencia es, quizás, uno de los mayores desafíos que tenemos como país: que la celebración del nacimiento de Cristo sea realmente una afirmación de vida y no una antesala de tragedia.

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